Crónica de mi primer amor

 Crónica de mi primer amor


Estaba leyendo El amor es imposible, y en una parte dice que el primer amor —o el amor primero de la lista de los grandes amores— se vuelve el parámetro de todas las historias posteriores y anteriores. Que define la cercanía o la distancia que guardan nuestras historias futuras con aquel amor original. Que hay una historia de amor que se revela como la única historia, y hace del resto apenas pequeños relatos, meras copias imperfectas o aproximaciones devaluadas.


Entonces quise recordar quién había sido el mío.

A quien yo recuerdo como mi primer amor, lo llamaré E.S.


Fue un amor breve, pero con la intensidad suficiente para dejar marcas que todavía reconozco.

Éramos parte del mismo grupo de amigos. Entre ellos había uno con quien ya había tenido una relación escondida —yo tenía 16 años, aún era una niña, aunque ya con una historia amorosa que parecía de alguien mucho mayor. Había tenido vínculos con personas más grandes, algunas comprometidas, experiencias donde algo de mí siempre quedaba relegado.

Y si bien, en la mayoría de esas historias, me habían dejado, en el fondo yo ya me había ido antes de que lo hicieran.


Pero con E.S. fue distinto.

Él me propuso que fuera su novia, y lo hizo de frente, sin esconderse. Recuerdo el gesto con el que selló ese momento: me dio una cadenita de oro con una medalla —creo que tenía una virgen—, una joya que pertenecía a su familia. Me la ofreció como símbolo de que lo nuestro iba en serio.

Tan en serio como el oro: firme, brillante, perdurable.

Y sin embargo, duró apenas unos meses.


E.S. jugaba al básquet, y yo iba a verlo con su cadenita al cuello, sintiéndome parte de algo más grande.

Pero él, que me había hecho sentir elegida, también fue quien me dejó.

Y creo que fue ahí, en ese abandono, donde realmente me enamoré.

Porque me la hizo difícil, porque no fue complaciente, porque me dejó justo cuando yo empezaba a sentir de verdad. Cuando mi corazón comenzaba a vibrar distinto, él ya se estaba yendo.


Aun así, con el tiempo entendí que E.S., incluso antes de irse, ya me estaba pidiendo espacio.

A gritos silenciosos me pedía un lugar en mi vida que yo todavía no sabía dar.


Y hoy me pregunto:

¿cuánto de eso sigo repitiendo sin darme cuenta?

¿cuánto de aquel primer amor sigue marcando el pulso de mis amores posteriores?

Hoy, a mis casi 40 años,  no se si E.S. sigue vivo, jamás volví a saber de él. Quizás ese misterio es el que aún me hace recordar y pensar que hay algo que quedó grabado en mi...o no.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

La historia que mi piel empezó a contar...

La relatividad del tiempo