La historia que mi piel empezó a contar...
A veces creo que los tatuajes son como pequeñas puertas: a la memoria, al linaje, a los símbolos que nos acompañan sin que nos demos cuenta. Y este año, a mis 39 y 40, decidí abrir muchas de esas puertas. No con la cabeza: con la piel.
Pero antes de hablarles de mis tatuajes nuevos, tengo que volver al primero.
Tenía 16 años. Sí, dieciséis. Una edad donde una piensa que está desafiando al universo cuando en realidad apenas está probando su propia voz. Esa primera marca fue una F china en la parte baja de mi pierna derecha, al costado. Me acompañó Maru, una de mis mejores amigas hasta el día de hoy, porque algunas amistades son como tatuajes también: duran más que cualquier moda.
Y acá viene lo inesperado: la plata para ese tatuaje me la dio mi abuela paterna.
Sí, mi abuela. Mis papás me dieron la autorización porque era menor, pero la que dijo “yo te doy la plata, hacetelo” fue ella. Y todavía me acuerdo de esa mezcla entre ternura y rebeldía que tenía en la mirada. Mi abuela fue transgresora en algunos aspectos —en otros no, por las épocas que le tocaron vivir— pero creo que ese gesto fue una semilla. Un permiso. Un linaje. Algo de eso vive en mí.
Con los años siempre quise hacerme más tatuajes. Lo intenté una vez en Buenos Aires —donde viví 17 años—, llegué a señar, a elegir el diseño, todo. Pero me enfermé feo, y no pude moverme. Todavía recuerdo que lo que iba a tatuarme era la frase never give up. Nunca darse por vencido. Y aunque en ese momento no se dio, sé que en algún punto de mi vida esa frase va a encontrar su lugar en mi piel.
Pasaron muchos, muchos años. Y este año decidí finalmente abrir esa compuerta: me hice diez tatuajes nuevos. Diez. Sumados al primero, tengo once. Un número maestro. Nada es casual en mi vida, ustedes ya lo saben.
Cada uno tiene su propio significado, así que voy a contarles un poco de cada uno, como quien recorre un mapa dibujado sobre el cuerpo.
Los Enamorados: el amor como posibilidad infinita
El primero que me hice este año fue la carta de Los Enamorados. Pero no la versión clásica: es un arcoíris con un corazón en llamas, abriendo todas las posibilidades del amor y del deseo.
Junto a ese corazón está la cruz egipcia, el Ankh, la llave de la vida y la muerte. Me fascinó unir ambos símbolos: elegir desde el corazón, incluso cuando la vida y la finitud forman parte del mismo misterio.
Armonía y Amistad: los regalos inesperados
Mi tatuador me regaló dos tatuajes —o mejor dicho, me los gané por ayudarlo con algo que necesitaba— y elegí dos palabras que me atraviesan profundamente.
Armonía, sobre el hombro izquierdo, cerca del corazón.
Porque aprendí que no se trata de equilibrio forzado, sino de armonía entre todo lo que somos.
Amistad, en el hombro derecho.
Porque sin la amistad yo no sería yo. Es una de mis materias primas, mi fundamento afectivo.
Ambos en simbolos que significan ello.
Plutón y Venus: mis gatos, mis astros, mis guardianes
En el brazo izquierdo me tatué los símbolos de Plutón y Venus, rodeados de estrellitas. Los diseñé yo.
Quise hacerme los símbolos pero terminé dibujando los planetas...
Plutón: transformación, muerte, renacimiento.
Venus: amor, deseo, belleza.
Mis compañeros felinos, mis espejos.
El colibrí: un mensaje del linaje femenino
En el brazo derecho tengo un colibrí que termina en un corazón.
Ese colibrí apareció a principios de este año, cuando estaba con las pulsaciones altísimas, tratando de encontrar calma en la casa de mis papás. Me senté bajo la sombra, cerca de la pileta, agotada. Y de repente un colibrí empezó a darme vueltas alrededor de la cabeza.
Fue una canalización, literal. Yo lo sentí.
En mi linaje femenino los colibríes siempre fueron señales. Apariciones que detienen el mundo.
Me lo tatué para honrar esa conexión y esa claridad que llegó aquel día.
El trisquel: mi símbolo bruja
En el cuello, del lado izquierdo, llevo un trisquel celta.
Un símbolo de brujas, sí, pero también de vida cíclica, de las tres dimensiones que nos sostienen, de lo que gira y vuelve a empezar.
Un recordatorio de que soy, profundamente, espiral.
Love, el 33 y el corazón que late
Los últimos tres tatuajes de este año cierran un proceso que trabajé durante muchos meses.
Love, debajo del Ankh, en el brazo izquierdo.
Con un corazón al lado, porque evidentemente colecciono corazones en la piel.
El amor es una de mis brújulas fundamentales: sensible, vulnerable, ilimitado.
El número 33, en el otro lado del cuello.
Mi numerología. Mi fecha. Mi nombre.
Un número maestro que me acompaña desde siempre y que ahora me acompaña también sobre el cuerpo.
Y finalmente, el corazón con el electrocardiograma sobre el pecho izquierdo.
Una vibración que me dice: sentí.
No te olvides del pulso.
No te olvides de que estás viva.
No te olvides del corazón que sos.
Tatuarse como acto simbólico y cultural
Hace unos días hablaba de esto con un compañero de la militancia feminista y transfeminista: tatuarse es una marca cultural. No es “porque sí”. No es moda. No es adorno. Hay una historia detrás de cada imagen, una identidad, una memoria.
Y aunque jodamos con que hay “droga en la tinta” —porque una vez que empezás querés seguir— en realidad lo que hay es necesidad simbólica.
Necesidad de darle forma a lo que sentimos.
De dejar registro.
De no olvidar quiénes fuimos, quiénes somos, quiénes estamos siendo.
Yo, que paso la vida leyendo símbolos en el tarot, en la astrología, en los cuerpos energéticos de las personas… no podía no leer también los símbolos de mi propio cuerpo.
Mi piel se volvió un mapa.
Un idioma más con el que cuento mi historia.
Y me gusta pensar que cada tatuaje es un pequeño talismán.
Una conversación con mi linaje.
Una decisión hecha carne.
Un pedacito de vida latiendo sobre mí.
Porque al final, la vida es eso: una colección de símbolos que el alma elige para no olvidarse de sí misma.

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