La relatividad del tiempo

“El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad”. Esta frase siempre me deja una sensación extraña, como si dijera algo que ya sabemos pero que rara vez nos detenemos a mirar de verdad. Porque no está hablando del tiempo como reloj, como calendario o como productividad. Está hablando del tiempo vivido. Del tiempo sentido. Del tiempo que se nos encarna. Y ahí aparece algo que me resulta fascinante: la humanidad necesitó a Einstein, a la teoría de la relatividad, a ecuaciones complejas, para aceptar que el tiempo no es absoluto… cuando en la experiencia cotidiana eso fue siempre evidente. No hacía falta un laboratorio para saber que un minuto esperando una respuesta puede durar una eternidad, y que una noche de amor o de goce puede desaparecer en un parpadeo. El cuerpo, la emoción y la conciencia lo supieron mucho antes que la ciencia. Quizás el problema no fue nunca la falta de comprensión, sino la pérdida de observación. La desconexión con lo real y lo cotidiano. Empezamos a dar por sentadas cosas que, en realidad, son profundamente misteriosas. Vivimos en piloto automático, corriendo detrás de horarios, metas, exigencias, sin preguntarnos cómo estamos habitando el tiempo que nos toca vivir. Como si el tiempo fuera algo externo, algo que nos pasa por encima, y no algo que construimos a cada instante desde cómo sentimos, deseamos, tememos o amamos. Los filósofos lo dijeron de mil maneras. San Agustín se preguntaba qué era el tiempo y concluía, casi con desesperación, que si nadie se lo preguntaba lo sabía, pero si tenía que explicarlo, ya no. Henri Bergson habló del tiempo como duración, no como una sucesión de instantes medibles, sino como una experiencia interna, subjetiva, continua. Heidegger fue más lejos todavía: para él, el tiempo no es algo que tenemos, sino algo que somos. Somos tiempo. Somos finitud. Somos conciencia de un comienzo y de un final. Y sin embargo, el sistema en el que vivimos insiste en lo contrario. Nos adiestra para medir el tiempo, para administrarlo, para optimizarlo, para no “perderlo”. Un adiestramiento cruel, porque nos arranca del registro sensible y nos empuja a una relación utilitaria con la vida. El tiempo deja de ser experiencia y se vuelve recurso. Algo que hay que exprimir, controlar, dominar. Y en ese proceso, nos perdemos nosotros. Por eso esta frase es tan potente. Porque nos devuelve al centro de la experiencia humana. Nos muestra que el tiempo no pasa igual para todos, ni siquiera para la misma persona en distintos momentos de su vida. El miedo acelera, la espera estira, el dolor pesa, el placer vuela. Y el amor… el amor suspende. El amor rompe la lógica lineal del tiempo. Cuando amamos, estamos tan presentes que el tiempo deja de ser una amenaza. No importa cuánto dura, importa cómo se vive. Ahí aparece la eternidad, no como algo infinito en cantidad, sino como algo pleno en calidad. Tal vez la verdadera revolución no sea entender intelectualmente que el tiempo es relativo, sino animarnos a vivirlo así. Volver a observar. Volver a sentir. Salir del piloto automático. Desobedecer, aunque sea un poco, ese mandato de correr sin sentido. Preguntarnos: ¿cómo estoy viviendo mi tiempo?, ¿desde el miedo, la espera, el sufrimiento, el goce vacío, o desde un amor que me ancla al presente? Porque al final, el tiempo no se mide en horas ni en años. Se mide en presencia. Y ahí, cuando estamos verdaderamente presentes, el tiempo deja de escaparse… y se vuelve hogar.

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