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Mostrando las entradas de octubre, 2025

Cuando el corazón no sabe alegrarse por el otrx...

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Cuando el corazón no sabe alegrarse por el otrx: Hay algo muy triste en las personas que no pueden alegrarse por el bien ajeno. En quienes sienten celos cuando alguien brilla, o incomodidad cuando una amistad prospera. No es maldad, aunque a veces duela vivirlo de cerca: es vacío. Es el reflejo de una carencia tan profunda que no les permite ver la abundancia que existe más allá de su propia herida. Las pulsiones que nacen del egoísmo —el “yo primero”, el “¿y yo qué?”— suelen disfrazarse de indiferencia o de falsa prudencia. Pero detrás de esa máscara, hay un alma que se quedó sin herramientas para vincularse desde el amor genuino. Y entonces, lo que debería unir, separa. Lo que debería nutrir, agota. Celebrar al otro es un acto de grandeza. Aplaudir sus logros sin sentir que eso nos quita algo, es signo de una conciencia que entendió que la vida no es una competencia, sino una danza. Cuando alguien se alegra con el bien ajeno, se expande; cuando no puede hacerlo, se encierra en sí mis...

Cuatro décadas de claridad Llegar a los cuarenta no es un número, es un punto de inflexión. Es mirar hacia atrás y entender que cada caída, cada silencio y cada decisión tuvieron sentido, incluso cuando no lo veíamos. Hay una madurez que no tiene que ver con los años, sino con la conciencia. Con saber quiénes somos cuando nadie nos mira, y qué elegimos sostener cuando el ruido se apaga. En este tramo del camino, las certezas ya no vienen de afuera. Nacen de la claridad que deja el paso del tiempo, de las veces que dijimos “sí” por miedo y aprendimos a decir “no” por amor propio. Los límites ya no son muros: son faros. Nos muestran dónde terminamos nosotros y dónde empieza lo que no nos corresponde. Las convicciones se vuelven raíces. No se imponen, se encarnan. Y desde ahí crece una calma distinta, una fuerza que no grita, que no necesita probarse. Porque a los cuarenta entendemos que la vida no se trata de correr detrás de algo, sino de habitar lo que somos con verdad. Y en esa verdad —a veces luminosa, a veces incómoda— encontramos la belleza de seguir eligiendo, cada día, quién queremos ser.

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Cuatro décadas de claridad Llegar a los cuarenta no es un número, es un punto de inflexión. Es mirar hacia a detrás y entender que cada caída, cada silencio y cada decisión tuvieron sentido, incluso cuando no lo veíamos. Hay una madurez que no tiene que ver con los años, sino con la conciencia. Con saber quiénes somos cuando nadie nos mira, y qué elegimos sostener cuando el ruido se apaga. En este tramo del camino, las certezas ya no vienen de afuera. Nacen de la claridad que deja el paso del tiempo, de las veces que dijimos “sí” por miedo y aprendimos a decir “no” por amor propio. Los límites ya no son muros: son faros. Nos muestran dónde terminamos nosotros y dónde empieza lo que no nos corresponde. Las convicciones se vuelven raíces. No se imponen, se encarnan. Y desde ahí crece una calma distinta, una fuerza que no grita, que no necesita probarse. Porque a los cuarenta entendemos que la vida no se trata de correr detrás de algo, sino de habitar lo que somos con verdad. Y en esa ver...

Hace cinco años tomaba una gran decisión...

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  Hace cinco años tomaba una gran decisión... Hace cinco años, allá por el 2020, el mundo se detuvo. Las calles quedaron vacías, los abrazos se hicieron distancia y, en medio de ese silencio colectivo, algo dentro de mí empezó a hablar más fuerte que nunca. Fue entonces cuando supe que ya no podía sostener lo que quedaba de una vida que se había derrumbado. La pandemia había desarmado los cimientos de casi todo lo conocido, pero en ese despojo también se abrió un portal: el de mi verdad. Decidí abandonar lo que me era insignificante, soltar la forma vieja, los mandatos, las certezas prestadas, para ir hacia mi vocación, hacia mi misión. Aunque en ese momento no entendía del todo qué significaban esas palabras, había algo en mi alma que lo sabía. Comprendí que la vocación no es un deber, ni una meta, sino aquello que brota sin esfuerzo, como una flor que crece incluso entre las ruinas. Por eso mi trabajo, desde entonces, nunca dejó de transformarse. Porque la autenticidad no es un l...

¿Cuánto hay en tu vida habitual de tu verdad?

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  ¿ Cuánto hay en tu vida habitual de tu verdad ? Esa pregunta me atravesó como una flecha directa al centro. Porque si me detengo un segundo a pensar, cuántas veces hago cosas por costumbre, por compromiso, por no quedar mal, por cumplir con una imagen que ni siquiera sé si me pertenece. Cuántas veces sonrío sin sentir alegría, digo “sí” cuando en realidad quería decir “no”, o sigo caminos que no me representan solo porque “así se hace”. Vivimos muchas veces en piloto automático, repitiendo rutinas que ya no nos hacen bien, sosteniendo vínculos, trabajos o modos de ser que solo buscan aprobación. Y entonces, ¿dónde queda nuestra verdad? ¿En qué momento nos empezamos a traicionar por miedo a no encajar, a no gustar, a no ser suficientes? Hay algo profundamente liberador en volver a preguntarnos si lo que estamos haciendo está en coherencia con lo que somos. Si lo que decimos, elegimos o compartimos realmente nos habita. Porque cuando lo que hacemos deja de tener raíz en nuestra ver...

Crónica de mi primer amor

 Crónica de mi primer amor Estaba leyendo El amor es imposible, y en una parte dice que el primer amor —o el amor primero de la lista de los grandes amores— se vuelve el parámetro de todas las historias posteriores y anteriores. Que define la cercanía o la distancia que guardan nuestras historias futuras con aquel amor original. Que hay una historia de amor que se revela como la única historia, y hace del resto apenas pequeños relatos, meras copias imperfectas o aproximaciones devaluadas. Entonces quise recordar quién había sido el mío. A quien yo recuerdo como mi primer amor, lo llamaré E.S. Fue un amor breve, pero con la intensidad suficiente para dejar marcas que todavía reconozco. Éramos parte del mismo grupo de amigos. Entre ellos había uno con quien ya había tenido una relación escondida —yo tenía 16 años, aún era una niña, aunque ya con una historia amorosa que parecía de alguien mucho mayor. Había tenido vínculos con personas más grandes, algunas comprometidas, experiencias...