Hace cinco años tomaba una gran decisión...
Hace cinco años tomaba una gran decisión...
Hace cinco años, allá por el 2020, el mundo se detuvo. Las calles quedaron vacías, los abrazos se hicieron distancia y, en medio de ese silencio colectivo, algo dentro de mí empezó a hablar más fuerte que nunca. Fue entonces cuando supe que ya no podía sostener lo que quedaba de una vida que se había derrumbado. La pandemia había desarmado los cimientos de casi todo lo conocido, pero en ese despojo también se abrió un portal: el de mi verdad.
Decidí abandonar lo que me era insignificante, soltar la forma vieja, los mandatos, las certezas prestadas, para ir hacia mi vocación, hacia mi misión. Aunque en ese momento no entendía del todo qué significaban esas palabras, había algo en mi alma que lo sabía. Comprendí que la vocación no es un deber, ni una meta, sino aquello que brota sin esfuerzo, como una flor que crece incluso entre las ruinas.
Por eso mi trabajo, desde entonces, nunca dejó de transformarse. Porque la autenticidad no es un lugar al que se llega, sino un movimiento constante. En ese entonces, lo llamé Mi Mundo Holístico: un refugio simbólico, una manera de nombrar el espacio donde mi alma podía desplegarse. Hoy, ese mundo tiene mi nombre. No porque se trate de mí, sino porque finalmente me representa. Ya no necesito esconderme detrás de un título o una identidad externa: hoy soy yo, entera, con mis luces y mis sombras, con mi voz imperfecta, pero verdadera.
Si miro hacia atrás, siento que ese momento fue mi Carta de la Muerte en el Tarot: el cierre de un ciclo inevitable, la caída de lo que ya no tenía vida. Luego vino el Colgado, ese tiempo suspendido donde aprendí a mirar desde otro ángulo, a rendirme ante lo desconocido. Y finalmente, el Sol, que me enseñó a mostrarme tal cual soy, sin máscaras, con la alegría de saberme viva.
Cinco años después, sigo transformando la forma, pero no el propósito. Ese salto al vacío marcó mi destino, me hizo entender que cada final es una semilla, y que la autenticidad es el único camino que me permite florecer una y otra vez.
Hoy abrazo ese recorrido con gratitud. Porque lo que comenzó como un intento de reconstruirme, se volvió una forma de vivir: escuchar, sentir, compartir, transformar. Y, sobre todo, seguir el pulso de lo que el alma me susurra, incluso cuando el mundo parece haberse detenido.

Comentarios
Publicar un comentario