Cuatro décadas de claridad Llegar a los cuarenta no es un número, es un punto de inflexión. Es mirar hacia atrás y entender que cada caída, cada silencio y cada decisión tuvieron sentido, incluso cuando no lo veíamos. Hay una madurez que no tiene que ver con los años, sino con la conciencia. Con saber quiénes somos cuando nadie nos mira, y qué elegimos sostener cuando el ruido se apaga. En este tramo del camino, las certezas ya no vienen de afuera. Nacen de la claridad que deja el paso del tiempo, de las veces que dijimos “sí” por miedo y aprendimos a decir “no” por amor propio. Los límites ya no son muros: son faros. Nos muestran dónde terminamos nosotros y dónde empieza lo que no nos corresponde. Las convicciones se vuelven raíces. No se imponen, se encarnan. Y desde ahí crece una calma distinta, una fuerza que no grita, que no necesita probarse. Porque a los cuarenta entendemos que la vida no se trata de correr detrás de algo, sino de habitar lo que somos con verdad. Y en esa verdad —a veces luminosa, a veces incómoda— encontramos la belleza de seguir eligiendo, cada día, quién queremos ser.
Cuatro décadas de claridad
Llegar a los cuarenta no es un número, es un punto de inflexión. Es mirar hacia a detrás y entender que cada caída, cada silencio y cada decisión tuvieron sentido, incluso cuando no lo veíamos. Hay una madurez que no tiene que ver con los años, sino con la conciencia. Con saber quiénes somos cuando nadie nos mira, y qué elegimos sostener cuando el ruido se apaga.
En este tramo del camino, las certezas ya no vienen de afuera. Nacen de la claridad que deja el paso del tiempo, de las veces que dijimos “sí” por miedo y aprendimos a decir “no” por amor propio. Los límites ya no son muros: son faros. Nos muestran dónde terminamos nosotros y dónde empieza lo que no nos corresponde.
Las convicciones se vuelven raíces. No se imponen, se encarnan. Y desde ahí crece una calma distinta, una fuerza que no grita, que no necesita probarse. Porque a los cuarenta entendemos que la vida no se trata de correr detrás de algo, sino de habitar lo que somos con verdad.
Y en esa verdad —a veces luminosa, a veces incómoda— encontramos la belleza de seguir eligiendo, cada día, quién queremos ser.

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