Acompañar también es saber cuándo quedarse, y cuándo soltar.

 



Hace un tiempo vengo observando actitudes, movimientos, gestos… y eso me llevó a reflexionar sobre algo que parece simple, pero no lo es: cómo acompañamos a las personas que queremos.


Siempre se habla de estar en las malas, de sostener cuando el otro cae, de ofrecer hombro y refugio. Pero pocas veces se habla de lo que pasa cuando al otro le empieza a ir bien. Cuando crece, cambia, se anima, o simplemente elige algo distinto a lo que hubiéramos elegido nosotros. Ahí también se pone a prueba el amor, la amistad, la lealtad. Porque acompañar no siempre es coincidir, y bancar no es sinónimo de aplaudir solo cuando me resulta cómodo o cercano.


En este tiempo me encontré con algunas decepciones, y también con la necesidad de aceptar que hay relaciones que funcionaron un tiempo, pero que con los cambios —míos o ajenos— se fueron desacomodando. A veces simplemente dejamos de vibrar igual. O espacios que alguna vez fueron saludables empezaron a sentirse como exigencias, y entonces entendí que acompañar también implica poner límites, cuidar el lugar desde donde doy y desde donde recibo.


He descubierto que elegir dónde, con quién y cómo estoy no es egoísmo, es coherencia. Que si no resguardo mi energía, la disperso en lugares donde ya no florezco. Y si no florezco, no puedo ofrecer nada genuino.


Aprendí que mi deseo también importa, tanto como el deseo del otro. Y que sostener un vínculo desde la obligación o la costumbre no es amor, es miedo.


Acompañar de verdad no es anularse, ni pretender que todo siga igual. Es mirar con amor, incluso cuando toca tomar distancia. Es alegrarse por la luz ajena sin apagar la propia. Es entender que a veces el mejor modo de bancar es dejar que cada uno siga su camino, sin rencor, sin reproches, con gratitud por lo que fue y espacio para lo que vendrá.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Crónica de mi primer amor

La historia que mi piel empezó a contar...

La relatividad del tiempo