Conectar en tiempos de follows ⚡

 


El amor siempre el amor... Y aquí una historia más 🩷

El fin de semana volví a una de esas fiestas donde trabajo tirando las cartas, un espacio diverso, libre, donde las historias se mezclan en la pista y entre lectura y lectura aparece la vida misma contada en voces distintas. Y entre esas voces, esta vez, aparecieron varias de veinte años —chiques hermosos, frescos, con esa energía tan propia de su generación— contándome cómo se vinculan hoy. Me decían que, cuando alguien les gusta, se acercan, bailan cerca, cruzan miradas… y después piden el Instagram. Ese es el gesto. Ese es “el paso”.

Y yo me quedé pensando si eso es estar conectados… o desconectados.
Porque vengo de otra historia. De otra generación. De una donde, para acercarte a alguien, hacía falta un gesto más humano: un “hola”, un “¿cómo estás?”, un entrar despacio en la vida del otro, tantear su mundo, su forma de mirar, su tono. Donde había un cortejo, sí, pero también un respeto, un deseo de conocer de verdad. De conectar antes que de exhibirse.

Y me pregunto si hoy, con tanto like, follow, DM y corazoncito, no estamos estirando un histeriqueo que, en el fondo, es miedo.
Miedo a ser vistos de verdad.
Miedo a sentir de verdad.
Miedo a decir “me gustás” sin un filtro de por medio.

Mi generación —la de los 40— viene cargada de historias caóticas, de vínculos intensos, de aprendizajes a los golpes. Y pienso si esta juventud no está heredando, sin querer, parte de ese temor: el miedo a entregarse a lo profundo, el miedo a abrir el corazón sin red. Pienso si este modo tan tecnológico de acercarse no es, a veces, una estrategia de distancia. Una forma de tocar sin tocar.

Pero también entiendo que estamos en un tiempo donde todo pasa a través de una pantalla. Que pedir un Instagram hoy no es lo mismo que era para mí. Que para ellxs es un lenguaje, una puerta, un código que ya trae información sobre quién sos, qué te gusta, cómo vivís, qué mostrás. Es otra forma de cortejo, quizás más silenciosa, quizás más fugaz, pero cortejo al fin.

Y ahí es donde me quedo reflexionando:
¿cómo convivimos entre generaciones con historias tan distintas?
¿cómo hacemos para que la tecnología no nos quite la intimidad, sino que nos acompañe hacia ella?
¿cómo volvemos a mirar a los ojos sin miedo?
¿cómo nos permitimos sentir sin la urgencia del algoritmo?

No tengo la respuesta cerrada.
Pero sí sé que en cada fiesta, en cada lectura y en cada conversación, lo que sigue latiendo —a los 20, a los 40 o a los 70— es lo mismo de siempre: el deseo profundo de conectar. Aunque cada época lo envuelva distinto.

Y tal vez de eso se trate: de aprender a reconocer lo esencial, incluso cuando viene disfrazado de notificación.

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