El miedo al amor (y por qué lo disfrazamos de indiferencia)
Hay un gesto que se repite en nuestras historias: cuando alguien nos provoca ese cosquilleo, reaccionamos como si nada. Nos ponemos a la defensiva mediante el humor frío, la pasividad calculada, el silencio estratégico, o la distancia dramática. No es que dejamos de sentir —es que sentimos demasiado y eso asusta. El disimulo no es ingenio social, es una coraza. Y muchas veces esa coraza hace exactamente lo que más tememos: alejar.
Te dejo 7 puntos para reflexionar del tema:
1. Una mirada personal
El miedo al amor es, en el fondo, miedo a perder algo que ya tenemos: nuestra independencia, la imagen que nos da seguridad, o la posibilidad de no ser correspondidos. Mostrar desinterés es una forma de protegerse del rechazo y, paradójicamente, también de la exposición emocional. Cuando alguien se acerca y nos descoloca, no es que la persona sea una locura —somos nosotros, con nuestras historias, heridas y fantasmas que se activan. Admitir eso es un primer paso: respirar, nombrar el vértigo y elegir —si quiero— responder desde la honestidad en vez del reflejo.
2. Desde la psicología: defensa vs. intimidad
Hay dos sistemas en juego: el de apego y el de defensa. El apego nos empuja a acercarnos; la defensa a cerrarnos. Quienes aprenden a sobrevivir con poca atención emocional suelen desarrollar estrategias (ironía, distancia, pruebas) para evaluar si alguien merece el riesgo. Pero esas estrategias son costosas: funcionan a corto plazo como autoconservación y a largo plazo como aislamiento. Construir intimidad requiere desactivarlas, poco a poco, con experiencias que confirmen que mostrar vulnerabilidad no siempre equivale a peligro.
3. Perspectiva social y generacional
Escuche a personas mucho más jóvenes que yo y me sorprende la forma en que se acercan hoy: mensajes por Instagram, likes como tormentas emocionales, invitaciones que empiezan con un emoji. Eso no reemplaza la vida real, pero sí intercambia códigos. Las generaciones más jóvenes usan las pantallas como primera prueba: una manera de tantear sin exponerse del todo. Para quienes venimos de otras formas de encuentro, esto puede leernos como frialdad o superficialidad. Ambos mundos pueden aprender: la generación digital podría ganar en honestidad presencial; la que viene del cara a cara podría aceptar que el acercamiento también tiene fases "online" legítimas.
4. Las redes: ventana, vitrina o espejo deformado
Las redes muestran partes de nosotros, no la totalidad. Son una vitrina donde seleccionamos lo que queremos mostrar: alegrías, logros, estética. Pero la construcción de una relación (incluso sexual) demanda tiempo y capas: confianza, pequeños riesgos compartidos, conversaciones que no entran en una story. Pensar que un match o un DM es la vida real es caer en un atajo que rara vez sostiene una conexión profunda. Las redes pueden acercar, sí, pero son el inicio, no el contrato.
5. Relaciones fugaces también piden construcción
Incluso los encuentros que se definen como “solo sexo” se enriquecen si hay un marco claro, respeto y cierta intimidad: conocer límites, deseos y cuidados. La sexualidad plena no nace solo de la química inmediata; nace de la presencia, de nombrar lo que necesitamos y escuchar al otro. Esto no exige romanticismo obligatorio, sino responsabilidad afectiva.
6. Indicios y pequeñas pistas para conectar mejor
Cuando sientas triunfo por “no mostrar interés”, pregúntate: ¿esto me acerca a lo que quiero o me aleja?
Practica micro-honestidades: un “me gustó lo que dijiste” o un “me descoloca esto, necesito un poco de tiempo” desenmascaran la coraza sin exponer demasiado.
Reduce la interpretación: menos suposiciones sobre las intenciones del otro; más preguntas directas, simples.
Combina lo online y lo presencial: usa mensajes para abrir puertas y la voz para sostener diálogos.
Cuida la coherencia entre lo que decís y lo que hacés: la confianza se construye en el tiempo con gestos repetidos.
Aprende a tolerar el malestar breve: el vértigo inicial no es el fin del mundo, es información.
7. Un ejercicio breve para hacer ahora
Piensa en la última vez que te mostraste desinteresad/o por miedo. Escribe dos frases: una que exprese lo que realmente sentiste y otra que podrías haber dicho en su lugar, con menos coraza y sin sobreexponer. Por ejemplo: en vez de “no me interesa”, podrías probar “me descoloca un poco esto, ¿podemos ir despacio?” Practica esta frase en tu mente hasta que pierda parte de su tamaño amenazador.
No hay una única forma “correcta” de amar ni un manual definitivo para el encuentro. Pero hay una apuesta posible: aceptar que el miedo está ahí y, aún así, empezar a responder con pequeños actos de honestidad. Porque la intimidad no es ausencia de miedo; es la decisión continua de acercarse a pesar de él.

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