El victimismo y drama Vs. la alegría

 


Hay algo en el victimismo y en el drama continuo que aprendí a mirar con otros ojos estos días. No desde el juicio, sino desde esa curiosidad que se enciende cuando algo empieza a repetirse en demasiadas historias, en demasiados vínculos, incluso en mis propias emociones. Escuchando y leyendo a profesionales de la psicología, y también a quienes abordan la vida desde herramientas más sutiles, comprendí que quedarse instalado en el lugar de víctima no es únicamente un dolor no resuelto: es, muchas veces, un pedido de atención camuflado. Una demanda silenciosa —o no tanto— de que el otro entregue lo que uno no se está pudiendo dar: tiempo, poder personal, sostén, cuidado.

El drama sostenido tiene una lógica que seduce. Nos asegura pertenencia, nos vuelve necesarios, crea un escenario donde siempre habrá alguien que venga a rescatarnos. Pero ese lugar, aunque parezca cómodo, termina siendo un contrato emocional injusto: yo sufro, vos me debés. Y así, sin darnos cuenta, vamos exigiendo de los demás una energía que no intentamos generar en nosotros mismos.

La reflexión que vengo trabajando estos días tiene que ver con esto: cuánto del sufrimiento que repetimos es, en el fondo, una forma de evitar el verdadero trabajo interno. Porque reconocerse creador de la propia vida implica hacerse responsable también de lo que falta, sin esperar que otro lo complete, lo resuelva o lo ilumine.

Y ahí aparece otra pregunta que me atraviesa: ¿por qué nos cuesta tanto acompañar en la alegría? ¿Por qué en un mundo saturado de ruido, angustias y urgencias, pareciera más fácil abrazar el dolor ajeno que celebrar su luz? Tal vez porque la alegría del otro nos confronta con nuestras postergaciones. Con lo que quisimos y no nos dimos. Con lo que aún no animamos a creer posible.

Sin embargo, creo que acompañar la alegría es un acto revolucionario. Implica soltar la competencia encubierta, el miedo a quedar atrás, la necesidad constante de medir quién sufre más o quién merece más atención. Acompañar la alegría es permitir que la luz del otro nos alcance en lugar de amenazarnos. Es recordar, aunque duela, que también nosotros somos capaces de crear momentos luminosos.

Quizás el verdadero desafío no sea dejar de sufrir, sino dejar de usar el sufrimiento como identidad. Y empezar a elegir vínculos donde el dolor se acompaña, sí, pero la alegría también se honra. Porque ahí —en ese equilibrio sincero— es donde empieza a nacer otra manera de estar en el mundo. Una más honesta, más libre y sobre todo, más viva.

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