La desigualdad que habitamos y nos habita: ser holistica con consciencia social


Vivimos en un mundo construido sobre capas de desigualdad que no se ven a simple vista, pero se sienten en el cuerpo. No sólo en las condiciones materiales —que ya de por sí son abrumadoras— sino también en el modo en que aprendemos a desearnos, a pensarnos y a expresarnos. Lo que creemos que “merecemos” no nace de la nada: es el reflejo silencioso de un sistema que nos ordena, nos clasifica y nos ubica en filas imaginarias.

El capitalismo y el patriarcado no sólo organizan la economía o la política; organizan el alma. Nos moldean desde muy temprano para ajustarnos a ciertos estereotipos que dicen quién puede, quién debe, quién es válido, quién tiene derecho a existir sin pedir permiso. Privilegian a unos cuerpos, unas voces y unas experiencias, mientras dejan a otras afuera, mirando desde la ventana una vida que parece hecha para otros, nunca para una misma.

Lo más perverso es que ese orden desigual no sólo está afuera, sino adentro. Se vuelve criterio de elección, de deseo, de ambición. Se vuelve culpa cuando sentimos que queremos más, vergüenza cuando creemos que no damos la talla, miedo cuando intuimos que no encajamos en el molde. Nos hace creer que hay personas “más merecedoras” y otras “menos”, como si la dignidad fuese una moneda repartida por un juez invisible.

Y así, sin darnos cuenta, actuamos desde esas marcas. Trabajamos el doble para demostrar valor. Callamos lo que nos duele porque creemos que nadie lo legitimaría. Nos exigimos encajar en estándares ajenos. Perseguimos ideales que no son nuestros, pero que se sienten obligatorios. Y en cada gesto diario —el modo en que amamos, elegimos, pedimos, renunciamos, soñamos— se filtran esas estructuras que nunca votamos, pero que igual nos gobiernan.

La desigualdad no es sólo social: es psíquica, emocional, simbólica. Habita la forma en que nos narramos la vida. Y sólo cuando empezamos a verla —a ponerle nombre, a señalar sus mecanismos— aparece la posibilidad de otra cosa: un deseo propio, un límite sano, una voz que ya no se pide permiso para existir.

Cuestionar estos sistemas no es un ejercicio intelectual: es un acto profundamente humano. Es recuperar pedazos de identidad que fueron moldeados por mandatos ajenos. Es volver a ocupar un espacio interno que siempre nos perteneció. Es permitirnos sentir que merecemos estar aquí, sin compararnos, sin justificarlo, sin pedir disculpas.

Porque si hay algo que este mundo desigual teme, es que dejemos de creer en las jerarquías que lo sostienen. Que volvamos a escucharnos. Que nos animemos a pensar que nuestra vida, nuestro deseo y nuestra palabra valen lo mismo que la de cualquiera. Que la igualdad no es una utopía, sino un ejercicio cotidiano de conciencia.

Y tal vez ahí empiece el cambio: en esa rebelión íntima donde dejamos de obedecer un sistema que nunca nos pensó libres, y empezamos a escribir la vida desde un lugar que sí nos incluye.


 

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