La F1: pasiones y rivalidades
Bueno… hoy les vengo a contar también una historia más de las historias de Florencia Bracco —o sea, yo misma—. Y para quien no lo sabe, sí: soy fanática de la Fórmula 1. No fanática “me gusta y la veo cada tanto”: fanática de verdad, de esas que necesitan ver todas las prácticas y si es posible en vivo, como si ahí, en ese ratito, pudiera tocar un sueño que todavía no llego a vivir del todo: viajar a un Gran Premio, sentir el ruido de los autos, tener el merchandising de mis pilotos y mi equipo favorito. Por ahora, lo que tengo es lo que veo, y eso es suficiente para hacerme feliz.
La F1 en realidad siempre estuvo en mi vida. La miraba de chica, acompañando a mi papá, sin entender del todo pero sintiendo que algo importante pasaba ahí. Y recuerdo —como si fuese hoy— el impacto tremendo que me generó el accidente de Ayrton Senna. Era muy chica, y sin embargo esa imagen quedó grabada de una manera que recién ahora, muchos años después, entendí lo profundamente que me marcó. Cuando salió su serie hace un tiempo, me encontré llorando, sintiendo cosas que ni sabía que tenía guardadas. Ahí me di cuenta: llevaba ese trauma callado toda mi vida.
Y sin embargo, un día, gracias a mi mejor amiga —que también es fanática— volví a conectar con la Fórmula 1 desde otro lugar. Ella tomó una decisión enorme en un momento clave de su vida: viajar a ver una carrera. Y cuando me contó todo eso, algo en mí se prendió. Siempre le digo lo mismo: “vos creaste un monstruo”. Porque a partir de ahí, entré en un nivel de fanatismo que ni yo conocía.
Mi equipo favorito es McLaren, y este año volvieron a ganar el campeonato de constructores. Y mi piloto favorito —Lando Norris— está en plena lucha por el título. Y mientras me ilusiono con eso, observo algo que me inquieta: el odio desmedido hacia él. Y siempre por lo mismo: por mostrarse vulnerable, por mostrarse humano, por mostrar que siente, que le duele, que a veces la presión lo supera. Lo critican por lo que yo trabajo en terapia todos los días: recordar que no soy una máquina, que soy emocional, que tengo límites, que puedo fallar y puedo levantarme.
Y al mismo tiempo veo a McLaren sosteniendo una filosofía que a mí me conmueve: el compañerismo, la lealtad, la amistad incluso en un deporte donde todo el mundo quiere fabricar rivalidades. Y sí, hoy en Qatar cometieron un error estratégico fuerte, pero incluso así, siguen priorizando un espíritu que yo siento que está en extinción.
Y ahí aparece la paradoja: leo por todos lados críticas a ese espíritu. Gente diciendo que no sirve que los pilotos se lleven bien, que no haya conflicto, que no haya choque, que no haya guerra. Y me pregunto: ¿por qué?
Vivimos en un mundo que todo el tiempo nos enfrenta. Nos invita a competir, a discutir, a pelear, a “ganar” incluso cuando ganarle al otro no nos hace mejores. Y pareciera que en el deporte—que debería ser un espacio para celebrar talento, esfuerzo y pasión— se reproduce lo mismo.
Y sí, recibo mensajes que me dicen cosas como “Lando no merece el campeonato, lo merece Verstappen”, y yo jamás le tiré odio a Max. Es cuatro veces campeón del mundo, y por algo lo es. Pero no puedo con su arrogancia, así como tampoco puedo con la arrogancia en general. No me gustan las personas que pisan a otras para brillar. Pero sí valoro profundamente la perseverancia, el trabajo, la disciplina. Eso también lo admiro en él.
Lo que me incomoda es la necesidad constante de vivir todo en clave de rivalidad. Como si no pudiéramos habitar el mundo sin estar peleando. Como si disfrutar de algo ya no fuese suficiente: parece que hay que elegir enemigos, defenderlos con una pasión irracional y alimentar una furia que ni siquiera nos pertenece.
Y mientras tanto, observo que McLaren y Lando —con sus imperfecciones, errores y humanidad— reciben hate justamente por defender valores que creo que nos faltan como humanidad: el cuidado, el respeto, la vulnerabilidad, la empatía. Y pienso: ¿no será al revés? ¿No estaremos haciendo las cosas mal quienes defendemos el conflicto como motor de todo?
Porque afuera de la pista, esas enemistades no existen. Son parte del show. Pero hay una parte del público que no distingue espectáculo de vida real. Y ahí está el problema: alguien más prende la mecha, y nosotros corremos a soplarla para que crezca.
Entonces me pregunto —y les pregunto— desde el corazón:
¿Dónde estamos poniendo el foco realmente?
¿Por qué seguimos eligiendo el odio, la separación y la crueldad?
¿Por qué nos cuesta tanto elegir los valores que nos unen en vez de los que nos rompen?
Tal vez no tengamos la respuesta.
Pero sí podemos empezar a hacernos la pregunta.
Y eso, para mí, ya es un inicio. Y hoy tengo ganas de llorar un poco por esto, por un lado porque deseo profundamente que a quien admiro se le de la oportunidad de ganar el campeonato de pilotos, si porque soy humana y mundana tambien. Pero por el otro, ésta sensación que me da que parece que habitamos el mundo de la pelea constantemente, un mundo lleno de guerras y desigualdades, contradicciones que nos hacen lo que somos... pero que al menos hoy a mi me duelen...

Comentarios
Publicar un comentario