Qué tan auténticos somos en realidad?
Hay días en los que me pregunto qué tan reales somos cuando decimos ser “nosotros mismos”. Si la autenticidad es una verdad íntima o apenas una construcción que heredamos sin darnos cuenta. Porque nacemos dentro de un sistema que ya estaba armado antes de que llegáramos: con modos, expectativas, reglas silenciosas, guiones invisibles. Y en medio de eso se vuelve difícil saber si lo que hacemos es elección o repetición; si lo que somos es esencia o es una forma de sobrevivir en un mundo que pide que encajemos.
A veces creemos que ser auténticos es vivir sin filtros, pero no siempre. A veces la autenticidad es apenas un susurro interno que nos recuerda lo que sentimos de verdad, aunque todavía no sepamos expresarlo. Y la realidad… la realidad puede ser tan engañosa como un escenario perfecto: todos actuando, todos diciendo lo correcto, todos sosteniendo versiones de sí mismos que no siempre coinciden con el alma.
¿Es lo mismo autenticidad que realidad? No necesariamente. La autenticidad tiene pulsación, tiene latido, tiene piel. La realidad, en cambio, muchas veces es estructura: lo que se ve, lo que se espera, lo que se pide. La una nace del interior, la otra se impone desde afuera. Y el desafío es aprender a no perder una por sostener la otra.
Entonces aparece la gran pregunta: ¿hay espacio para lo distinto? ¿Para lo que rompe molde? Yo creo que sí, pero ese espacio no se entrega: se conquista. Porque el mundo, como está armado, no siempre es amable con la diferencia. La observa, la cuestiona, la etiqueta. Sin embargo, también la necesita. Necesita la voz que interrumpe, la mirada que incomoda, la sensibilidad que abre una brecha donde parecía no haber lugar.
Ser distintos en un mundo tan programado es, en algún punto, un acto ético. Un compromiso con la vida real. Porque cuando alguien se muestra tal cual es —no perfecto, no limpio, no organizado, sino humano— genera permiso para que otros respiren más profundo. Para que otros recuerden que no vinieron a imitar un manual, sino a escribir su propio lenguaje.
Quizás la verdadera autenticidad no se demuestra hacia afuera, sino en el modo en que nos escuchamos adentro. En cómo habitamos lo que sentimos, incluso cuando no sabemos si encaja. En cómo nos permitimos cambiar, contradecirnos, rearmarnos. En cómo elegimos ser honestos con nuestra sensibilidad, aunque el mundo todavía esté aprendiendo a entenderla.
Y quizá ahí esté la respuesta: no se trata de que el mundo esté apto para lo distinto; se trata de que cada uno de nosotros lo esté. De que cada gesto verdadero vaya abriendo camino. De que cada paso consciente desarme un poco más ese sistema hermético. De que cada pequeña verdad humana ilumine un rincón donde antes todo era pura forma.
Porque lo real no es lo que se ve.
Lo real es lo que vibra.
Lo que resiste.
Lo que respira.
Lo que se atreve a seguir siendo, incluso cuando nadie está mirando.

Comentarios
Publicar un comentario