Cuando la voz se entrecorta, entra el sentir
Hay momentos en los que la voz se nos entrecorta. Y no es un error, ni una falla del discurso. Es, muchas veces, el instante exacto en el que entra el sentir. Cuando la palabra deja de ser un concepto prolijo y pasa a ser un puente. Cuando algo del cuerpo irrumpe y nos recuerda que no todo puede —ni necesita— ser explicado desde la lógica.
En esos momentos, lo que aparece no es comprensión racional, sino intuición. Una especie de saber silencioso que no se deja ordenar fácilmente, pero que marca dirección. No sabemos exactamente qué pasa, pero sabemos por dónde puede ir.
Estos días me estuvo sucediendo algo de eso. Vuelve el verano. Y el cuerpo recuerda.
El verano fue la época en la que comenzó, a principios de este año, un proceso intenso para mí. Aunque, revisando hacia atrás, me doy cuenta de que algunos síntomas ya habían empezado antes, en diciembre. Pulsaciones altas. Un nerviosismo interno difícil de nombrar. Una sensación que luego se transformó en angustia y en algo cercano al pánico. No un ataque de pánico en el sentido clásico, porque había conciencia. Yo estaba ahí, presente, observando. Pero también había miedo. Miedo a que fuera algo físico. Miedo al cuerpo. Miedo a la fragilidad.
Y ese miedo no es menor. Porque más allá de los chequeos, de los estudios, de la racionalidad médica que tranquiliza por un rato, hay algo que permanece: somos cuerpos vivos. No máquinas. No estamos exentos de que nos pasen cosas. Y aceptar eso no siempre es sencillo.
Con el tiempo entendí que ese miedo profundo al cuerpo también habla de otra cosa: de un deseo profundo de vivir. Y, al mismo tiempo, del miedo a morir para vivir. Porque vivir de verdad implica perder control, implica finitud, implica no tener garantías.
A veces sentimos que la vida se nos escapa entre los dedos. Que no saboreamos lo suficiente. O que exigimos demasiado. O que no descansamos. O que siempre llegamos tarde a ese punto justo. Tan libriana yo, buscando ese punto medio como si existiera una fórmula exacta.
Durante este año aprendí a cambiar una palabra: dejé de hablar de equilibrio y empecé a hablar de armonía. El equilibrio supone peso, cálculo, tensión constante. Malabares. Y yo estoy cansada de hacer malabares. La armonía, en cambio, es movimiento vivo, es escucha, es adaptación. No es medir todo el tiempo: es afinar.
Tal vez por eso uno de mis tatuajes nombra esa palabra.
También este año volví a la terapia convencional. Siempre hice terapia, pero esta vez hubo algo distinto: el encuentro con la soledad. No como carencia, sino como espacio. Estoy leyendo el último libro de Gabriel Rolón, donde habla justamente de esto. En un momento dice: nacemos solos y morimos solos. Y lejos de ser una frase cruel, él va quitándole peso, dramatismo, condena. La soledad como condición existencial, no como castigo.
Y es en esos momentos de soledad —cuando el ruido baja— donde aparecen estos pensamientos. Llega el verano, y el cuerpo recuerda. No me está pasando lo mismo que el año pasado: no hay taquicardia, no hay desborde. Pero sí hay una memoria corporal. Una sensación física que se activa, como si el cuerpo dijera: yo ya estuve acá.
Entonces aparece la pregunta inevitable:
¿qué pasa primero, la emoción o el cuerpo?
¿El cuerpo registra y luego sentimos? ¿O la emoción aparece y el cuerpo la aloja, la guarda, la recuerda?
Spinoza tiene algo muy potente para decirnos acá. Para él, mente y cuerpo no son dos cosas separadas. No hay una jerarquía donde una manda y la otra obedece. Son una misma sustancia expresándose de dos modos distintos. Lo que le sucede al cuerpo, le sucede a la mente. Y lo que le sucede a la mente, le sucede al cuerpo. No hay primero y después. Hay simultaneidad.
Spinoza hablaba de los afectos como modificaciones del cuerpo que aumentan o disminuyen nuestra potencia de actuar, y de las ideas que tenemos sobre esas modificaciones. Es decir: el cuerpo se afecta, y la mente interpreta. Pero no en tiempos distintos, sino en un mismo movimiento.
Desde la psicología, especialmente desde enfoques contemporáneos como la teoría del trauma o la neurobiología interpersonal, se retoma esta idea: el cuerpo es un reservorio de experiencias emocionales. Guarda memorias implícitas, sensaciones, climas internos que no siempre pasan por la palabra. Por eso a veces sentimos “algo” antes de poder explicarlo. Por eso el cuerpo recuerda antes que el relato.
No es que el cuerpo se equivoque. Es que habla otro idioma.
Cuando una emoción aparece, el cuerpo la registra como tensión, ritmo, temperatura, respiración. Y cuando una experiencia fue intensa, ese registro puede reactivarse ante estímulos similares: una estación del año, una luz, un olor, un tiempo interno parecido. No porque vuelva el peligro, sino porque el cuerpo aprendió a proteger.
Quizás el trabajo no sea silenciar esas sensaciones, ni forzar explicaciones inmediatas. Tal vez sea escucharlas con más amabilidad. Entender que no vienen a asustarnos, sino a recordarnos que estamos vivas. Que sentimos. Que el cuerpo no es un enemigo, sino un archivo sensible de nuestra historia.
Y que cuando la voz se entrecorta, cuando el cuerpo tiembla un poco, cuando la emoción no se deja ordenar… tal vez no haya nada que corregir. Tal vez sea, simplemente, la vida entrando por algún lado.

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