"Despiadadas acciones humanas": una pedagogía de la crueldad
En estos días me encontré pensando —más de lo habitual— en las acciones humanas que estamos habitando como normales. No las grandes tragedias solamente, sino esas escenas pequeñas, casi invisibles, que pasan cerca, que rozan nuestra vida cotidiana y que, sin embargo, dicen muchísimo de en qué mundo estamos viviendo.
Hace poco supe de una situación laboral que me dejó un nudo en el pecho. A una persona afín, amiga, durante todo un mes la hicieron creer que debía devolver parte de su sueldo por un supuesto error. Un mes entero sosteniendo el miedo, la angustia, la preocupación. Un mes entero sabiendo —quienes tenían el poder— que en realidad no se lo iban a descontar. Lo hicieron, según sus propias palabras, “para que aprenda”. Como si el aprendizaje tuviera que venir siempre de la mano del sufrimiento. Como si educar fuera sinónimo de castigar. Como si la vulnerabilidad económica del otro no importara en absoluto.
Casi al mismo tiempo, me enteré de otra situación, en otro país, en un espacio laboral importante. Una persona entra a una reunión virtual y, de pronto, la sacan. Pregunta si entendió mal o si eso significa que la están echando. La respuesta fue: “Entendiste perfecto, muchas gracias”. Nada más. Sin preaviso. Sin cuidado. Sin humanidad. Una vida laboral reducida a un clic y a una frase seca.
Y podría seguir.
Podría hablar de los ghosteos en los vínculos, del no responder, del desaparecer como forma de castigo emocional. De las personas que se enojan cuando uno pone límites, como si el límite fuera una ofensa y no un acto de salud. De esos espacios pequeños donde una empieza a crear, a pensar ideas, a soñar proyectos, y de pronto ve sus planes replicados en otros lugares, sin nombrar, sin reconocer, sin ética. Ideas robadas, procesos invisibilizados, tiempos ajenos apropiados.
Todo eso también es crueldad. No siempre grita. A veces se disfraza de normalidad.
Y si amplío la mirada, si salgo de lo íntimo y voy a lo colectivo, la escena se vuelve todavía más insoportable. Guerras en múltiples partes del mundo. Basta con mirar dos o tres imágenes de lo que sucede en Gaza para entender que algo está profundamente mal. Personas comunes, civiles, infancias, cuerpos que no eligieron estar ahí. El nivel de deshumanización es tal que parece que nos anestesiamos para poder seguir con nuestra vida diaria.
Ni hablar de cómo tratamos a los animales, a las plantas, al planeta. A nuestra Madre Tierra. Explotamos, consumimos, destruimos como si no hubiera consecuencias. Como si no formáramos parte del mismo sistema que estamos dañando.
Entonces me pregunto: ¿el humano es cruel por naturaleza?
Si lo pienso desde la astrología, el humano nace con un pulso ariano. Aries es el primer latido, el inicio, el impulso primario. Es guerra, es choque, es supervivencia. Es el “yo” abriéndose paso. Desde ese lugar, sí: nacemos para ir al frente, para pelear, para imponer. Pero el recorrido del zodíaco no termina ahí. El viaje es aprender a salir de ese primer impulso, a humanizarnos, a desarrollar empatía, conciencia, amor.
Y sin embargo, pareciera que muchas veces nos quedamos atrapados en ese primer escalón. En el instinto sin elaboración. En el poder sin responsabilidad. En la fuerza sin corazón.
Tal vez vinimos a aprender a ser buenos. Pero aprender duele, incomoda, exige revisar privilegios, modos, automatismos. Y no siempre estamos dispuestos a hacer ese trabajo. Entonces repetimos. Lastimamos. Justificamos. Naturalizamos la crueldad.
Escribo esto no desde un lugar moralista, sino desde una tristeza lúcida. Desde la sensación de que algo necesita ser nombrado para no seguir reproduciéndose en silencio. Porque cada pequeña acción despiadada, cada gesto deshumanizado, suma. Y porque también creo que cada acto consciente, cada límite puesto con amor, cada decisión ética, resta.
Quizás el verdadero aprendizaje no sea sufrir para entender, sino aprender a no hacer sufrir. Quizás ahí esté el verdadero salto evolutivo que todavía nos debemos como humanidad.

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