Disfrute en tiempos de productividad
A veces leo frases como la de Sándor Márai que me encontré hoy y siento que nos muestran un espejo incómodo: ¿en qué momento dejamos de maravillarnos por lo simple? Ese disfrute inocente, casi animal, de quien reconoce que la vida no necesita solemnidad para conmover. Me pregunto qué nos pasó para que hoy lo sencillo parezca insuficiente, para que nuestra vida se vuelva rígida, acartonada, guiada por mandatos externos que nos dicen cómo vivir, cómo sentir, cómo elegir. Como si hubiera un manual secreto al que todos debemos obedecer.
Vivimos en un tiempo donde el disfrute parece un lujo o una pérdida de tiempo. Estamos en piloto automático respondiendo estímulos, cumpliendo expectativas ajenas, corriendo detrás de un ideal que nunca se alcanza del todo. La felicidad se vuelve una meta postergada, un destino al que llegaremos cuando… cuando termine el trabajo, cuando encuentre pareja, cuando tenga tiempo, dinero, descanso. Y mientras tanto, lo simple pasa desapercibido: el café calentito, la mirada de un perro, el sol entrando por la ventana, el libro abierto, el abrazo inesperado.
Desde lo psicológico, aprendimos a asociar valor con productividad, y placer con culpa. El juego, el descanso, la curiosidad genuina se etiquetaron como improductivos, infantiles, casi irresponsables. Desde lo social, somos disciplinados por estructuras que requieren cuerpos dóciles, mentes obedientes, emociones reguladas hacia afuera. Nos dicen incluso cómo respirar, qué sensación corresponde, qué elegir para encajar mejor. Y desde una mirada holística, este alejamiento del disfrute nos separa de la vida misma. Esa energía vital que fluye cuando conectamos con la experiencia presente, sin pretender dominarla, sin exigirle resultados.
Recuperar la alegría incondicional de la que habla Márai quizá sea un acto revolucionario. Una forma de desobediencia suave pero profunda. Implica volver a mirar el mundo con ojos de criatura: sin prisa, sin pretensión, sin necesidad de “convertirnos en expertos” de nada. Se trata de acercarnos a la vida desde la sensibilidad, la curiosidad, la entrega. No desde la rigidez.
Tal vez el trabajo más íntimo, más secreto, sea desarmar las capas de automatismo que nos desconectan. Dejar de vivir para cumplir, para demostrar, para sostener estructuras ajenas, y empezar a permitirnos el disfrute como una práctica cotidiana de libertad. Como un retorno al pulso esencial de estar vivos.
Hoy creo que la invitación es esa: recordarnos que nacimos al mundo para disfrutarlo todo. No desde la frivolidad, sino desde la conciencia presente. Cada gesto, cada encuentro, cada silencio puede ser una puerta a ese goce simple. Y tal vez, si logramos volver a celebrar lo pequeño, estemos recuperando una parte perdida de nosotros mismos. Una que sabe que la vida se mueve en los detalles, en lo que no se compra ni se planea, en lo que sucede cuando simplemente estamos. Lo que sucede cuando realmente estamos vivos...

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