El amor que nunca nombré...
Hay amores que no empiezan ni terminan: simplemente son. Habitan un lugar extraño, como un cuarto cerrado en el corazón donde la luz entra por una hendija, apenas. Amores que no se consuman, que no se eligen, pero que tampoco se abandonan. De esos amores —de ese amor— vengo a hablar hoy.
Lo conocí hace tantos años que ya no sé si recordarlo es memoria o es costumbre. No fue un flechazo, no fue un impacto. Fue un latido. Algo que empezó a sentirse primero en el cuerpo, después en la mente y, finalmente, en ese espacio sutil donde guardo lo que nunca digo. Y ahí quedó, sin palabras, sin gesto, sin movimiento. Silencio habitado.
Lo veo cada tanto. No es alguien lejano. No es un fantasma del pasado. Es alguien que habita mi entorno, alguien que aparece en escenas de mi vida como quien pasa por la ventana de un café donde estoy escribiendo. Y cada vez que lo veo, el corazón me late un poquito más fuerte, como si quisiera recordarme algo que yo decidí olvidar.
Pero no es un amor posible. Por razones simples y complejas a la vez. Por códigos que sostengo con firmeza y fidelidad. Porque es una historia que nunca fue mía para vivir, solo para sentir. No pasa por lo sexual, no pasa por la orientación, no pasa por el deseo de poseer. Pasa por algo más profundo: por un deber interno que me dijo siempre hasta acá. Porque él también habita en el corazón de otra persona. Y yo jamás podría habitar un lugar que no me corresponde.
Y sin embargo, sentir, siento.
A veces me pregunto qué pasa psicológicamente cuando uno siente algo que no puede ser vivido. ¿Adónde va ese deseo? ¿En qué parte del cuerpo se encapsula? No es frustración —yo la frustración la conozco muy bien y esto es otra cosa—. Es como un deseo latente, reprimido pero vivo, que se guarda en el silencio del alma.
La psicología dice que lo que no se expresa se transforma en síntoma, en sueño, en fantasía, en proyección. Pero a veces no. A veces simplemente se vuelve una brasa tibia que no quema pero ilumina. Un deseo que no busca convertirse en acción, sino en comprensión.
Y yo me cuestiono, como siempre me cuestiono todo:
¿Será este amor imposible un freno silencioso en mi vida afectiva?
¿Será que por sostener esta llama mínima no dejo entrar el fuego verdadero?
¿O será que este amor secreto es apenas un espejo, un recordatorio de algo que aún no sé nombrar en mí?
Sé que no voy a vivir esa historia. Sé que no es para mí. Y aun así, ahí está: respirando bajito, cada vez que él aparece, cada vez que su energía toca la mía aunque sea por accidente.
Pero pienso también que no todo deseo que no se vive es un bloqueo. A veces es un maestro. Un maestro incómodo, silencioso, paciente. Un maestro que te muestra tu capacidad de amar sin tomar, de sentir sin poseer, de desear sin romper códigos, de reconocer lo que te mueve sin necesidad de mover nada afuera.
Quizás este amor secreto —este amor que nunca nombré— me enseña justamente eso: que hay pulsos del corazón que no vienen para concretarse, sino para revelarte quién sos cuando nadie mira. Qué lealtades sostenés. Qué bordes no atravesarías. Qué intensidades sos capaz de guardar.
Lo cuento hoy después de tantos años. Después de días, semanas, meses, quizás vidas. Porque ya no lo cuento desde la necesidad de entenderlo, sino desde la paz de aceptarlo.
No todos los amores están destinados a vivirse.
Pero algunos están destinados a transformarte.
Y este, aunque nunca haya sido mío, me transformó.
Podés seguirme en mis redes sociales:
@historiasdeflorbracco
@mariaflorenciabracco
@florbracook_
En cada lugar hay una parte de mi que se conjugan para ser todo lo que ves...

Comentarios
Publicar un comentario