El amor y sus jaulas

El amor no puede ser una jaula: ayer me encontré con esta jaula en el campo y pensé... Y, sin embargo, muchas veces lo tratamos como si lo fuera. Vivimos en una época donde el amor se confunde fácilmente con la posesión, con el “sos mío”, con el control disfrazado de cuidado. Esa lógica me recuerda inevitablemente al 4 de Pentáculos en el Tarot: la figura que se aferra a lo que tiene, que aprieta con fuerza por miedo a perder, que cree que sostener es sinónimo de seguridad. Pero lo que no siempre vemos es el costo de ese gesto: cuando algo se aprieta demasiado, deja de circular. Se estanca. Se vacía de vida. Parece que al amor también lo queremos así: fijo, estable, siempre igual, previsible. Como si amar fuera encontrar una forma y sostenerla para siempre. Y sin embargo, el amor —al igual que la vida— no funciona por congelamiento, sino por transformación. Cambia porque cambiamos nosotros. Se redefine porque las personas que lo habitan no son las mismas con el paso del tiempo. Pretender que el amor no muta es exigirle que no sea vivo. No es casual que el amor haya sido uno de los grandes temas de la filosofía a lo largo de la historia. Platón lo pensó como deseo de lo que nos falta; Aristóteles habló de la amistad como una de sus formas más altas; Spinoza lo entendió como una alegría acompañada por la idea de una causa externa; Erich Fromm dijo que amar es un arte, no un sentimiento espontáneo ni una posesión; Simone de Beauvoir advirtió sobre el peligro de perderse en el otro creyendo que eso es amar. Ninguno logró cerrarlo en una definición única. Y tal vez ahí esté la clave: el amor sigue siendo debatido porque no se deja encerrar. ¿Es el amor algo real o una construcción social? ¿Es posible o inevitablemente nos decepciona? ¿Existe como experiencia auténtica o como ideal que perseguimos? Las preguntas se repiten generación tras generación porque el amor no es un objeto que se pueda medir, ni una fórmula que se pueda repetir. Es vínculo, es experiencia, es riesgo. Y todo lo que implica riesgo escapa al control absoluto. En mi propia experiencia, cada vez que intenté encuadrar el amor en una forma rígida —en una expectativa, en un deber ser, en una promesa de permanencia— algo se vació. Como esa jaula que vemos en la imagen que compartí: puede estar bellamente construida, incluso parecer segura, pero sigue siendo una jaula. Y ninguna vida florece entre barrotes, aunque estén hechos de buenas intenciones. Quizás amar no tenga que ver con retener, sino con acompañar los movimientos. Con aprender a soltar la idea de posesión para abrir espacio a la presencia. Con entender que el amor no se garantiza, se practica. Y que cuando deja de respirar es porque lo confundimos con miedo. Tal vez el verdadero acto de amor no sea aferrarse, sino confiar en que lo que es verdadero no necesita ser encerrado para permanecer.

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