La vida como rompecabezas
Hay momentos en la vida en los que una cree que la respuesta está en hacer más: mover piezas, sumar actividades, ocupar espacios, responder expectativas, sostener sistemas. Y, sin embargo, el cuerpo —cuando una se anima a escucharlo— enseña otra cosa. Enseña que el ritmo es propio. Que no se negocia. Que no se acelera por nadie ni por nada. Que hay tiempos que no se fuerzan.
Este último tiempo comprendí que quizás el movimiento más profundo no sea agregar, sino soltar. Dejar de cargar con lo que no es mío. Dejar de ocupar lugares que no me corresponden. Porque cuando una suelta lo ajeno, recién ahí empieza a aparecer la verdad propia.
A veces repetimos patrones ancestrales sin darnos cuenta. Mandatos invisibles que nos llevan a hacernos cargo de lo que otros no pudieron, no supieron o no quisieron mirar. Confundimos acompañar con cargar. Amor con sacrificio. Sensibilidad con responsabilidad excesiva. Y no: una cosa es estar al lado, y otra muy distinta es tomar la mochila del otro y caminar su camino.
Yo no vine a salvar a nadie. Ni puedo ni quiero. Vine a vivir mi vida. Y parte de ese aprendizaje fue entender que honrar la sensibilidad no es esconderla, sino permitirle existir. Durante mucho tiempo aprendimos —como humanidad— a tragarnos el llanto, a endurecer el pecho, a callar lo que duele. Pero el cuerpo guarda memoria, y lo que no se siente se expresa de otras maneras.
Soy profundamente sensible. Siento el dolor ajeno, el propio, lo pequeño y lo invisible. Y lejos de vivirlo como una condena, elegí hacer algo con eso: transformarlo en valor, en acompañamiento, en sentido. Aun así, no todo se sana. Hay dolores que no se borran, pero se integran. Y esa integración también es amor.
La vida, hoy lo sé, es un rompecabezas. Cada pieza tiene su forma exacta, su lugar preciso. Ninguna puede ser reemplazada por otra sin que el conjunto se distorsione. Hay espacios que no se llenan con más trabajo, ni con más amistades, ni con más viajes. Porque cada dimensión de la vida responde a una necesidad distinta del alma.
En mi rompecabezas hay un espacio vinculado al amor de pareja que hoy está vacío. Y duele. A veces más, a veces menos. Ese dolor no anula todo lo demás que sí está pleno, vivo, agradecido. Pero tampoco puede ser tapado con otras piezas. Cuando intentamos hacerlo, lo que se genera es toxicidad: como comer sin hambre para llenar otra cosa. Nunca alcanza. Nunca completa.
Aceptar esto no es resignarse. Es mirar de frente lo que es hoy. Es no negarlo ni esconderlo. Porque negar sería repetir viejos patrones: silenciar el sentir, endurecer el corazón, ponerse máscaras que no nos pertenecen. Y esa ya no soy yo.
No hay urgencia por llenar ese espacio. No hay hambre ciega. Hay claridad. Hay discernimiento. Hay amor propio suficiente como para no dejar entrar cualquier cosa solo para no sentir la ausencia.
Hay días en los que esa parte se siente más. Y está bien. Hay otros en los que no tanto. Y también está bien. Todo convive. Todo soy. Esa es, hoy, la completitud de mi ser.
Mañana será otra historia. Otra trama se tejerá. Por ahora, el rompecabezas es así. Y aprender a respetar la forma de cada pieza también es una forma profunda de sabiduría.

Comentarios
Publicar un comentario