Sobre la exigencia: ¿De dónde viene realmente?
Hoy me pasó algo que me dejó pensando. Una persona, frente a una situación puntual a la que decidí no asistir, me dijo: “Que bueno que venís a ver, así te sacás el miedo.” Y no respondí nada, porque no siempre hace falta explicar nuestras elecciones, ni evangelizar, ni entrar en discusiones que no llevan a ningún lado. Pero por dentro me quedé repitiendo esa frase, como si quisiera acomodarla en su verdadero lugar.
La decisión no la tomé por miedo. No había un enemigo interno acechando, ni un pánico escénico esperando ser enfrentado. Fue, simplemente, que no quería seguir cargándome con más exigencias de las que ya vengo sosteniendo. Sentí que estaba llegando al límite, y que elegir no sumar otra responsabilidad era una forma de cuidarme. Y ese es un aprendizaje que me llevó años entender y, sobre todo, aceptar.
Curiosamente, otra situación —esta vez ajena, de una amiga— me hizo reflexionar sobre las exigencias que los padres ponen sobre los hijos. Y ahí me encontré rebobinando mi propia historia. Por mucho tiempo creí que sobre mí pesaba alguna forma de mandato, de expectativa familiar, de esos “tenés que” que se transmiten más por gestos que por palabras. Pero cuando miro para atrás con honestidad, veo algo muy distinto.
Mis padres siempre me dejaron ser.
Cuando decidí irme a vivir a Buenos Aires, dijeron que sí.
Cuando dejé una carrera para empezar otra, también.
Cuando quise cursar dos al mismo tiempo para ver cuál me llamaba más, me acompañaron.
Cuando preferí trabajar aún teniendo la posibilidad de dedicarme sólo a estudiar, no me frenaron; apenas me dijeron: “Es tu decisión.”
Y así con todas mis idas y vueltas, mis inicios, mis pausas, mis búsquedas. Ellos, que a veces yo creía tan exigentes, en realidad fueron quiénes más sostuvieron mi libertad de elegir.
Entonces, ¿de dónde viene la exigencia?
¿De afuera, de adentro, o de ambas partes en momentos distintos?
Hoy creo que muchas veces es interna. Es una voz propia, moldeada por lo que aprendimos, por nuestro carácter, por nuestros miedos, por nuestros deseos incluso. Y en mi caso, como buena ascendente Capricornio, recuerdo muy bien a mi profesor de astrología explicándome esto: cuando hay tanta energía capricorniana, la exigencia no suele venir del otro, sino de uno mismo. Se vive como si fuera externa, pero la raíz está adentro, en la identidad. Es la responsabilidad intentando ocupar el lugar del deseo.
Y ahí aparece la tensión: la exigencia como un peso que aplasta, el deseo como una llama que quiere respirar.
Mi Sol en Libra busca armonizar constantemente éstas fuerzas. Me encuentro tratando de comprender de qué modo puedo ser responsable sin ahogar mis ganas, cómo asumir lo que me toca sin perder el pulso genuino de lo que quiero ser y hacer.
Quizás por eso, cuando bajo el nivel de exigencia interna —cuando digo “esto no ahora”, “esto no así”, “esto no me toca sostenerlo”— me doy cuenta de que puedo disfrutar más. Que la vida no es una carrera de rendimiento, sino un camino de presencia. Aunque por mucho tiempo esto también me generó entrar en conflicto con los demás y buscaba evitarlo.
Por eso comprendí que a veces, decir que no también es decirme que sí a mí misma.
Cada día asumo un poco más que la exigencia, cuando se vuelve excesiva, coarta el deseo. Y que no siempre se trata de enfrentar miedos, sino de reconocer límites. Que no toda renuncia es una huida; a veces es un acto de sabiduría.
Ojalá este aprendizaje que todavía transito —este equilibrio entre lo que debo y lo que quiero, entre la responsabilidad y el deseo— también te sirva a vos para mirar tu propia exigencia con más suavidad. Para preguntarte de dónde viene, qué sostiene y qué interrumpe.
Tal vez ahí, en esa honestidad con uno/a mismo/a, empiece el verdadero alivio.

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