Día Mundial contra la depresión

Hace un tiempo escuché algo que me quedó resonando: que la depresión, tal como hoy la conocemos, aparece junto con la industria farmacéutica, con la posibilidad de nombrarla, diagnosticarla y medicarla. No lo digo desde una postura negadora ni mucho menos. Yo misma atravesé un proceso depresivo. En 2018 tuve que tomar medicación para regular la serotonina y poder elevar mi función vital. Y digo “función vital” porque no se trataba de que no pudiera hacer nada. De hecho, podía hacer muchas cosas. Pero había otras —las más cotidianas, las más simples— que me negaba rotundamente a habitar. Y esa negativa constante a la vida diaria era, justamente, depresión. Recuerdo que muchas personas me decían: “No duermas tanto”, “Hacé algo”, “Salí”, “Movete”. Y desde mi propia experiencia puedo decir que eso es de lo peor que le podés decir a alguien que está deprimido. No lo digo desde un saber psiquiátrico —no lo soy—, lo digo desde haberlo vivido en el cuerpo. Me daban un antidepresivo y un tranquilizante; todo mi sistema estaba en un estado raro, flotante, como si viviera un poco en las nubes. Y no, no es que no me importara la vida. Lo que no me importaban eran los problemas, las preocupaciones, la presión constante. Hoy estuve leyendo muchos posteos sobre el tema. Algo me resultó alarmante: en mi país, el 33% de las mujeres presenta depresión. Mucho más que los hombres. Mucho más que otros grupos etarios. Y es grave. Entonces me pregunté: ¿por qué? Desde mi lugar feminista, no puedo dejar de ver que sobre las mujeres recaen múltiples responsabilidades de manera permanente. Somos sostén, cuidadoras, presencia emocional. Y además salimos a trabajar, a resolver, a sobrevivir en un mundo hostil, en un sistema que vive en modo alerta constante. Vincularse es cada vez más complejo: relaciones de pareja, de trabajo, de amistad, teñidas de crueldades, exigencias y deshumanización. Y pensé: qué mundo el que nos toca. Hoy, por un instante, volví a sentir algo parecido a la depresión. Y no lo era. Era mi cuerpo diciéndome: “Che, acá hay algo que no está funcionando bien. Necesitás resguardo.” Hoy tengo la capacidad de observarlo y no identificarme con eso como una patología inmediata. Puedo decir: no es que “estoy deprimida”, es que mi sistema necesita replegarse un poco. Porque ningún cuerpo puede vivir al 100% en estado de supervivencia. Por un momento pensé: tengo ganas de irme una semana sola, sin hablar con nadie, a un lugar en silencio, en la naturaleza, para encontrarme conmigo, para abrazarme. Y eso no es depresión. La depresión no tiene que ver con lo que hacemos o dejamos de hacer. Tiene que ver con lo que sentimos y con cómo gestionamos eso que sentimos. Para poder hacerlo necesitamos fuerza vital. Y cuando esa fuerza se agota, el cuerpo habla. Yo no veo a la depresión como un monstruo maligno que viene a destruirnos. La veo como una señal. Una alerta profunda que dice: “Hasta acá. Algo en el sistema no está funcionando. Es hora de cuidarte.” No nos hace generación de cristal. No nos hace débiles. Nos hace humanos. Lo que no es humano es vivir como una máquina: en piloto automático, tapando silencios, escondiéndose detrás del trabajo, la rutina, el control. Eso no es vivir. Bienvenida sea la depresión si lo que trae es vida. Como decía Nietzsche, detrás de un gran dolor nace una estrella. Detrás de una gran muerte simbólica nace algo nuevo. Algo más auténtico. Más verdadero. Más nuestro. Tal vez de eso se trate: de dejar de estigmatizar y empezar a escuchar. De poner más oído que dedo acusador. Porque cuando alguien atraviesa una depresión no necesita que lo empujen. Necesita que lo escuchen. Que lo abracen. Que alguien sostenga eso que duele. Y sí: también necesita, muchas veces, acompañamiento terapéutico y medicación. No todo se resuelve con frases lindas. La depresión puede derivar en estados mucho más complejos. El ser humano no es simple. Y vivir con todas las letras tampoco. Abrazo profundamente a quienes hoy estén atravesando una depresión. No están rotos. No están fallados. Están teniendo el coraje de habitar su humanidad. Y eso, aunque duela, también es una forma de vida.

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