"Los deseos no envejecen"

Hoy me pasó algo muy simple y, a la vez, profundamente movilizante. Abrí WhatsApp y, casi por casualidad, leí el estado de una persona que no veo hace… no sé, más de veinte años. Hay un contacto distante, esporádico, pero la vida nos llevó por caminos completamente distintos. Y sin embargo, ahí estaba su frase, suspendida en el aire digital: “Los deseos no envejecen.” Me quedé mirándola un rato largo. Porque claro… los cuerpos envejecen, las etapas cambian, las versiones de nosotras mismos se transforman. Pero los deseos… los deseos parecen tener otra lógica. Hay deseos que nos acompañan desde siempre. Cambian de forma, mutan, se refinan, se vuelven más conscientes, más posibles o más simbólicos. Pero en esencia, siguen latiendo. Desde la psicología, el deseo es motor. Es lo que nos saca del estancamiento, lo que nos empuja a movernos. El deseo es una fuerza vital que nos orienta, que nos da dirección. Cuándo deseamos, algo en nosotros dice: “Todavía hay más”. Y eso, en sí mismo, es profundamente sano. El deseo nos conecta con el futuro, con lo que aún no es, con lo que puede ser. Pero también está la paradoja. Porque no todos los deseos se cumplen. Y cuando eso ocurre, aparece la frustración. A nivel psíquico, la frustración puede vivirse como un golpe al sentido: “¿Para qué deseo si no se da?”. Y a nivel holístico, el cuerpo también lo expresa. La frustración no digerida se vuelve tensión, contractura, cansancio crónico, desánimo. Es energía que queda atrapada. El problema no es desear. El problema es no saber qué hacer con lo que no se cumple. Porque el deseo no garantizado nos enfrenta con los límites: los del mundo, los del tiempo, los de las otras personas, y también los propios. Y ahí es donde muchas veces preferimos apagar el deseo antes que sentir el dolor de su no realización. Los filósofos hablaron mucho de esto. Para Platón, el deseo nace de la falta, de aquello que no tenemos. Es una nostalgia del alma por algo más alto, más verdadero. Para Spinoza, en cambio, el deseo es la esencia misma del ser humano: somos deseo en movimiento. No es carencia, es potencia. Es la fuerza que nos impulsa a perseverar en lo que somos y a expandirnos. Para algunas escuelas budistas el apego al deseo es fuente de sufrimiento. No porque desear esté mal, sino porque cuando nos aferramos rígidamente al resultado, nos rompemos por dentro si la realidad no responde como esperamos. Otras van más allá y dicen queel deseo mundano es la iluminación. Y creo que ahí está la clave: no matar el deseo, pero tampoco encadenarnos a una única forma de que se manifieste, ya que él nos puede conducir a algo más. Habitar el deseo es permitirnos sentir que estamos vivos. Es reconocer lo que anhela nuestra alma en cada etapa. Es preguntarnos: ¿qué quiere nacer hoy en mí? Aunque no sepamos cómo, cuándo, ni si será exactamente como lo imaginamos. El deseo nos vuelve creativos. Porque cuando deseamos, imaginamos. Y cuando imaginamos, creamos. El deseo abre mundos internos, nos conecta con posibilidades, nos invita a reinventarnos. Es un acto profundamente espiritual: creer que algo más es posible. Por eso los deseos no envejecen. Porque no pertenecen al tiempo lineal. Pertenecen al pulso de la vida. Mientras haya un deseo latiendo en nosotros, hay movimiento. Y mientras hay movimiento, hay vida. Quizás no se trate de cumplir todos los deseos, sino de no traicionarlos. De escucharlos, honrarlos, dejar que nos guíen, aunque el camino cambie. Porque el deseo no es solo lo que queremos tener. Es, sobre todo, una forma de recordarnos quiénes somos y hacia dónde quiere expandirse nuestra alma.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Crónica de mi primer amor

La historia que mi piel empezó a contar...

La relatividad del tiempo