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La relatividad del tiempo

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“El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad”. Esta frase siempre me deja una sensación extraña, como si dijera algo que ya sabemos pero que rara vez nos detenemos a mirar de verdad. Porque no está hablando del tiempo como reloj, como calendario o como productividad. Está hablando del tiempo vivido. Del tiempo sentido. Del tiempo que se nos encarna. Y ahí aparece algo que me resulta fascinante: la humanidad necesitó a Einstein, a la teoría de la relatividad, a ecuaciones complejas, para aceptar que el tiempo no es absoluto… cuando en la experiencia cotidiana eso fue siempre evidente. No hacía falta un laboratorio para saber que un minuto esperando una respuesta puede durar una eternidad, y que una noche de amor o de goce puede desaparecer en un parpadeo. El cuerpo, la emoción y la conciencia lo supieron mucho antes que la ciencia. Quizás el pr...

El amor y sus jaulas

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El amor no puede ser una jaula: ayer me encontré con esta jaula en el campo y pensé... Y, sin embargo, muchas veces lo tratamos como si lo fuera. Vivimos en una época donde el amor se confunde fácilmente con la posesión, con el “sos mío”, con el control disfrazado de cuidado. Esa lógica me recuerda inevitablemente al 4 de Pentáculos en el Tarot: la figura que se aferra a lo que tiene, que aprieta con fuerza por miedo a perder, que cree que sostener es sinónimo de seguridad. Pero lo que no siempre vemos es el costo de ese gesto: cuando algo se aprieta demasiado, deja de circular. Se estanca. Se vacía de vida. Parece que al amor también lo queremos así: fijo, estable, siempre igual, previsible. Como si amar fuera encontrar una forma y sostenerla para siempre. Y sin embargo, el amor —al igual que la vida— no funciona por congelamiento, sino por transformación. Cambia porque cambiamos nosotros. Se redefine porque las personas que lo habitan no son las mismas con el paso del tiempo. Pr...

Existe el amor?

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El amor es una palabra que repetimos como si supiéramos de qué estamos hablando. La pronunciamos con la seguridad de quien nombra algo conocido, cuando en realidad apenas rozamos su superficie. Nos dijeron que era refugio, promesa, destino; que llegaba para completar, para salvar, para dar sentido. Y sin embargo, cada época lo fue moldeando a su conveniencia, hasta volverlo un concepto utilizable, intercambiable, casi administrable. Hoy el amor parece haberse transformado en una transacción: doy si me das, invierto si hay retorno, me quedo si el balance es favorable. Un debe y un haber emocional donde los afectos cotizan, se miden, se comparan. Nos enseñaron a gestionar vínculos como si fueran contratos, a optimizar el sentir, a no perder tiempo en lo que no garantiza resultados. Y aun así, en medio de tanta lógica aplicada al deseo, seguimos sin saber qué es el amor. Tal vez porque el amor no responde a fórmulas ni a promesas. Tal vez porque no se deja domesticar por el lenguaje d...

Disfrute en tiempos de productividad

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A veces leo frases como la de Sándor Márai que me encontré hoy y siento que nos muestran un espejo incómodo: ¿en qué momento dejamos de maravillarnos por lo simple? Ese disfrute inocente, casi animal, de quien reconoce que la vida no necesita solemnidad para conmover. Me pregunto qué nos pasó para que hoy lo sencillo parezca insuficiente, para que nuestra vida se vuelva rígida, acartonada, guiada por mandatos externos que nos dicen cómo vivir, cómo sentir, cómo elegir. Como si hubiera un manual secreto al que todos debemos obedecer. Vivimos en un tiempo donde el disfrute parece un lujo o una pérdida de tiempo. Estamos en piloto automático respondiendo estímulos, cumpliendo expectativas ajenas, corriendo detrás de un ideal que nunca se alcanza del todo. La felicidad se vuelve una meta postergada, un destino al que llegaremos cuando… cuando termine el trabajo, cuando encuentre pareja, cuando tenga tiempo, dinero, descanso. Y mientras tanto, lo simple pasa desapercibido: el café calent...

Sagitario no cree: sabe. O la verdad como experiencia vivida

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Sagitario no acepta verdades heredadas. Las pone en crisis. Las prueba. Las discute. Las vive en carne propia. Y recién entonces —después del caos, del error, del derrumbe— aparece algo que ya no necesita ser defendido, porque se sabe desde adentro. La flecha no siempre ve el blanco, pero confía en el impulso que la lanza. Durante mucho tiempo sentí que había un núcleo sagitariano en mí, aun sin poder explicarlo del todo. Fue recién casi al final de mi formación como astróloga que descubrí que tengo a Júpiter en casa 1, en Acuario. Hasta ese momento yo creía que mi carta era otra. No tan distinta, pero lo suficiente como para que algo no terminara de encajar. Y sin embargo, la sensación siempre estuvo: la búsqueda de sentido, la necesidad de verdad, la incomodidad frente a lo falso, lo impuesto, lo que no vibra auténtico. La paradoja —tan jupiteriana— es que llegué a ese dato buscando mi partida de nacimiento para tramitar una ciudadanía italiana que finalmente no se pudo realizar ...

"Despiadadas acciones humanas": una pedagogía de la crueldad

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En estos días me encontré pensando —más de lo habitual— en las acciones humanas que estamos habitando como normales. No las grandes tragedias solamente, sino esas escenas pequeñas, casi invisibles, que pasan cerca, que rozan nuestra vida cotidiana y que, sin embargo, dicen muchísimo de en qué mundo estamos viviendo. Hace poco supe de una situación laboral que me dejó un nudo en el pecho. A una persona afín, amiga, durante todo un mes la hicieron creer que debía devolver parte de su sueldo por un supuesto error. Un mes entero sosteniendo el miedo, la angustia, la preocupación. Un mes entero sabiendo —quienes tenían el poder— que en realidad no se lo iban a descontar. Lo hicieron, según sus propias palabras, “para que aprenda”. Como si el aprendizaje tuviera que venir siempre de la mano del sufrimiento. Como si educar fuera sinónimo de castigar. Como si la vulnerabilidad económica del otro no importara en absoluto. Casi al mismo tiempo, me enteré de otra situación, en otro país, en u...

La vida como rompecabezas

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Hay momentos en la vida en los que una cree que la respuesta está en hacer más: mover piezas, sumar actividades, ocupar espacios, responder expectativas, sostener sistemas. Y, sin embargo, el cuerpo —cuando una se anima a escucharlo— enseña otra cosa. Enseña que el ritmo es propio. Que no se negocia. Que no se acelera por nadie ni por nada. Que hay tiempos que no se fuerzan. Este último tiempo comprendí que quizás el movimiento más profundo no sea agregar, sino soltar. Dejar de cargar con lo que no es mío. Dejar de ocupar lugares que no me corresponden. Porque cuando una suelta lo ajeno, recién ahí empieza a aparecer la verdad propia. A veces repetimos patrones ancestrales sin darnos cuenta. Mandatos invisibles que nos llevan a hacernos cargo de lo que otros no pudieron, no supieron o no quisieron mirar. Confundimos acompañar con cargar. Amor con sacrificio. Sensibilidad con responsabilidad excesiva. Y no: una cosa es estar al lado, y otra muy distinta es tomar la mochila del otro...