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Mostrando las entradas de noviembre, 2025

La F1: pasiones y rivalidades

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Bueno… hoy les vengo a contar también una historia más de las historias de Florencia Bracco —o sea, yo misma—. Y para quien no lo sabe, sí: soy fanática de la Fórmula 1. No fanática “me gusta y la veo cada tanto”: fanática de verdad, de esas que necesitan ver todas las prácticas y si es posible en vivo, como si ahí, en ese ratito, pudiera tocar un sueño que todavía no llego a vivir del todo: viajar a un Gran Premio, sentir el ruido de los autos, tener el merchandising de mis pilotos y mi equipo favorito. Por ahora, lo que tengo es lo que veo, y eso es suficiente para hacerme feliz. La F1 en realidad siempre estuvo en mi vida. La miraba de chica, acompañando a mi papá, sin entender del todo pero sintiendo que algo importante pasaba ahí. Y recuerdo —como si fuese hoy— el impacto tremendo que me generó el accidente de Ayrton Senna. Era muy chica, y sin embargo esa imagen quedó grabada de una manera que recién ahora, muchos años después, entendí lo profundamente que me marcó. Cuando sa...

Seguimos con los vínculos...

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Ayer en una charla, me hice una pregunta que me atravesó de una forma inesperada, de esas que surgen cuando una se mira de verdad. ¿Soy celosa? ¿O fui celosa porque mis vínculos siempre tuvieron una cuota alta de toxicidad, de control, de posesión disfrazada de amor? Me encontré respondiéndome que sí, que en pareja me pasa… pero también me encontré entendiendo que siempre hubo razones, heridas y climas que alimentaban ese miedo a perder, a no ser elegida, a no ser suficiente. Entonces, en esa misma pausa, apareció otra pregunta todavía más grande: ¿Qué pasaría si algún día me encontrara con un amor sano, armonioso, libre y recíproco? Ah… qué pregunta. De esas que te reacomodan el pecho. Porque una cosa es hablar de amor, y otra muy distinta es preguntarse si estoy preparada para recibir uno así. ¿Qué haría cuando llegue? ¿Saldría corriendo porque la calma me desarma? ¿Me escondería detrás de los viejos mecanismos que conozco de memoria? ¿O, quizás por primera vez, podría abrir lo...

El miedo al amor (y por qué lo disfrazamos de indiferencia)

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Hay un gesto que se repite en nuestras historias: cuando alguien nos provoca ese cosquilleo, reaccionamos como si nada. Nos ponemos a la defensiva mediante el humor frío, la pasividad calculada, el silencio estratégico, o la distancia dramática. No es que dejamos de sentir —es que sentimos demasiado y eso asusta. El disimulo no es ingenio social, es una coraza. Y muchas veces esa coraza hace exactamente lo que más tememos: alejar. Te dejo 7 puntos para reflexionar del tema: 1. Una mirada personal El miedo al amor es, en el fondo, miedo a perder algo que ya tenemos: nuestra independencia, la imagen que nos da seguridad, o la posibilidad de no ser correspondidos. Mostrar desinterés es una forma de protegerse del rechazo y, paradójicamente, también de la exposición emocional. Cuando alguien se acerca y nos descoloca, no es que la persona sea una locura —somos nosotros, con nuestras historias, heridas y fantasmas que se activan. Admitir eso es un primer paso: respirar, nombrar el vértigo y...

Quién es Flor Bracco?

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  Soy Flor Bracco, y este blog nació para eso: para contar historias que nacen desde algún rincón profundo del cuerpo. Para poner en palabras esos momentos en los que algo me late distinto, cuando una escena, un pensamiento o una emoción me agarra del pecho y me dice: “escribime”. Y hoy lo que me agarra es la trama vincular, ese tejido invisible que nos atraviesa incluso cuando creemos que ya lo entendimos todo. Hace mucho tiempo que cargo con una sensación que aparece cada vez que me miro desde afuera. A veces parezco —o me leen— como una mujer excesivamente empoderada: la que va para adelante, la que crea, la que lucha, la que construye un camino propio incluso cuando duele, la que pelea por sus convicciones y por las de otras, la que sostiene causas, talleres, activismo, proyectos, voces. La que convierte su oficio en vocación porque ya no se trata del dinero, sino de crear valor, sentido, avance, evolución. Y sí, todo eso soy. Soy la fuerza del Tarot encarnada, la mujer que se ...

La desigualdad que habitamos y nos habita: ser holistica con consciencia social

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Vivimos en un mundo construido sobre capas de desigualdad que no se ven a simple vista, pero se sienten en el cuerpo. No sólo en las condiciones materiales —que ya de por sí son abrumadoras— sino también en el modo en que aprendemos a desearnos, a pensarnos y a expresarnos. Lo que creemos que “merecemos” no nace de la nada: es el reflejo silencioso de un sistema que nos ordena, nos clasifica y nos ubica en filas imaginarias. El capitalismo y el patriarcado no sólo organizan la economía o la política; organizan el alma. Nos moldean desde muy temprano para ajustarnos a ciertos estereotipos que dicen quién puede, quién debe, quién es válido, quién tiene derecho a existir sin pedir permiso. Privilegian a unos cuerpos, unas voces y unas experiencias, mientras dejan a otras afuera, mirando desde la ventana una vida que parece hecha para otros, nunca para una misma. Lo más perverso es que ese orden desigual no sólo está afuera, sino adentro. Se vuelve criterio de elección, de deseo, de ambici...

En tiempos de frialdad, elegir el corazón sigue siendo el verdadero acto revolucionario.

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La reciente versión de Frankenstein de Guillermo del Toro volvió a poner algo sobre la mesa que, quizás, nunca dejamos de intuir: detrás de cada criatura “monstruosa” late un corazón que revela mucho más de lo que su forma externa permite ver. Y mientras el mundo celebra la interpretación de Jacob Elordi —esa mezcla extraña de ternura, potencia y abismo— queda expuesta una verdad que va mucho más allá del cine: seguimos buscando humanidad en medio de la deshumanización cotidiana. Porque no es la criatura lo que conmueve, es su capacidad de sentir. No es su cuerpo alterado, sino su vulnerabilidad. No es su fuerza, sino su necesidad de ser visto sin miedo. Del Toro no nos muestra un monstruo: nos muestra un espejo. Y quizás ahí está el nudo de nuestra época. En un tiempo donde la frialdad se volvió mecanismo de defensa, donde el desinterés cotiza alto y la profundidad parece fuera de moda, elegir el corazón se convirtió en una especie de gesto contracultural. Hablar desde lo que sentimos...

Conectar en tiempos de follows ⚡

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  El amor siempre el amor... Y aquí una historia más 🩷 El fin de semana volví a una de esas fiestas donde trabajo tirando las cartas, un espacio diverso, libre, donde las historias se mezclan en la pista y entre lectura y lectura aparece la vida misma contada en voces distintas. Y entre esas voces, esta vez, aparecieron varias de veinte años —chiques hermosos, frescos, con esa energía tan propia de su generación— contándome cómo se vinculan hoy. Me decían que, cuando alguien les gusta, se acercan, bailan cerca, cruzan miradas… y después piden el Instagram. Ese es el gesto. Ese es “el paso”. Y yo me quedé pensando si eso es estar conectados… o desconectados. Porque vengo de otra historia. De otra generación. De una donde, para acercarte a alguien, hacía falta un gesto más humano: un “hola”, un “¿cómo estás?”, un entrar despacio en la vida del otro, tantear su mundo, su forma de mirar, su tono. Donde había un cortejo, sí, pero también un respeto, un deseo de conocer de verdad. De co...

El victimismo y drama Vs. la alegría

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  Hay algo en el victimismo y en el drama continuo que aprendí a mirar con otros ojos estos días. No desde el juicio, sino desde esa curiosidad que se enciende cuando algo empieza a repetirse en demasiadas historias, en demasiados vínculos, incluso en mis propias emociones. Escuchando y leyendo a profesionales de la psicología, y también a quienes abordan la vida desde herramientas más sutiles, comprendí que quedarse instalado en el lugar de víctima no es únicamente un dolor no resuelto: es, muchas veces, un pedido de atención camuflado. Una demanda silenciosa —o no tanto— de que el otro entregue lo que uno no se está pudiendo dar: tiempo, poder personal, sostén, cuidado. El drama sostenido tiene una lógica que seduce. Nos asegura pertenencia, nos vuelve necesarios, crea un escenario donde siempre habrá alguien que venga a rescatarnos. Pero ese lugar, aunque parezca cómodo, termina siendo un contrato emocional injusto: yo sufro, vos me debés. Y así, sin darnos cuenta, vamos exigien...

Qué tan auténticos somos en realidad?

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  Hay días en los que me pregunto qué tan reales somos cuando decimos ser “nosotros mismos”. Si la autenticidad es una verdad íntima o apenas una construcción que heredamos sin darnos cuenta. Porque nacemos dentro de un sistema que ya estaba armado antes de que llegáramos: con modos, expectativas, reglas silenciosas, guiones invisibles. Y en medio de eso se vuelve difícil saber si lo que hacemos es elección o repetición; si lo que somos es esencia o es una forma de sobrevivir en un mundo que pide que encajemos. A veces creemos que ser auténticos es vivir sin filtros, pero no siempre. A veces la autenticidad es apenas un susurro interno que nos recuerda lo que sentimos de verdad, aunque todavía no sepamos expresarlo. Y la realidad… la realidad puede ser tan engañosa como un escenario perfecto: todos actuando, todos diciendo lo correcto, todos sosteniendo versiones de sí mismos que no siempre coinciden con el alma. ¿Es lo mismo autenticidad que realidad? No necesariamente. La autenti...

Acompañar también es saber cuándo quedarse, y cuándo soltar.

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  Hace un tiempo vengo observando actitudes, movimientos, gestos… y eso me llevó a reflexionar sobre algo que parece simple, pero no lo es: cómo acompañamos a las personas que queremos. Siempre se habla de estar en las malas, de sostener cuando el otro cae, de ofrecer hombro y refugio. Pero pocas veces se habla de lo que pasa cuando al otro le empieza a ir bien. Cuando crece, cambia, se anima, o simplemente elige algo distinto a lo que hubiéramos elegido nosotros. Ahí también se pone a prueba el amor, la amistad, la lealtad. Porque acompañar no siempre es coincidir, y bancar no es sinónimo de aplaudir solo cuando me resulta cómodo o cercano. En este tiempo me encontré con algunas decepciones, y también con la necesidad de aceptar que hay relaciones que funcionaron un tiempo, pero que con los cambios —míos o ajenos— se fueron desacomodando. A veces simplemente dejamos de vibrar igual. O espacios que alguna vez fueron saludables empezaron a sentirse como exigencias, y entonces entend...